viernes, 28 de septiembre de 2012

La Casa de la Virgen (III). El retablo de jaspes


Continuamos la serie de entradas que iniciamos en 2010 dedicadas al templo patronal granadino. Habiendo ya tratado la construcción de la iglesia y el suntuoso camarín, proseguimos ahora con el elemento que comunica ambos espacios, el magnífico retablo de mármoles polícromos que vino a completar un proyecto cuya construcción se prolongó más de sesenta años.
En 1728, el arzobispo Perea y Porras ofrece 44.000 reales para la construcción del retablo, a condición de que se retomen y finalicen las obras del camarín, por entonces paralizadas. Pero pronto llega el primer inconveniente, el arzobispo quiere un retablo de madera dorada, la hermandad en cambio desea que los materiales sean similares a los empleados en el camarín, la costosa piedra, para conseguir una obra que “hasta el día de hoy no se habrá visto en ninguno de los santuarios de estos contornos”. Sucede un largo pleito que hace que hasta 1734 no se apruebe un proyecto de retablo de “los más primorosos jaspes” de Marcos Fernández Raya. Este sigue la estructura e iconografía del anterior, vendido a la parroquia de Santa María de la Alhambra en 1748 por 1500 reales, con dos cuerpos y tres calles. Centra la atención del espectador el gran arco abocinado concebido como ventana abierta en el palacio celestial desde el que preside la imagen de las Angustias. En el primer cuerpo figuran cuatro grandes estípites de piedra blanca de la sierra de Filabres profusamente labrados, se emplea también piedra roja, el jaspe, traída de Luque y piedra negra procedente de Sierra Nevada. La abigarrada decoración se basa en un taraceado de mármoles de estos tres colores con formas geométricas. Enmarcan el gran ventanal medallones de piedra blanca con relieves de temática pasionista, en su clave aparece el corazón traspasado por siete espadas. En las calles laterales figuran, entre otra, las imágenes de las santas Úrsula y Susana titulares de la primitiva ermita. El segundo cuerpo está presidido por un relieve de la Trinidad, en el se representa la mediación de Cristo en la redención del hombre por medio de su pasión. Corona toda la composición el escudo real. En 1742, la cofradía de la Esclavitud costeó el nuevo sagrario y el manifestador.



 Comienzan a labrarse en 1734 el banco y los cuatro estípites, trabajos que se paralizan dos años después por falta de ingresos. Finalizado el camarín en 1742, la hermandad solicita permiso para colocar la imagen de la Virgen y montar las pocas piezas que hay del retablo para incentivar las donaciones para su finalización. El arzobispo Tueros deniega esto último augurando la duración de la obra “no para un año o dos sino para algunos siglos”, este nuevo desencuentro acabará en la Cámara de Castilla.  Uno de los motivos esgrimidos será la duda de que la cimentación, pensada para un retablo de madera, fuera suficiente para el nuevo pétreo. Cinco años de pleitos acaban con la intervención de Fernando VI dando su autorización y con importantes modificaciones, se recalzan los cimientos y se decide que el segundo cuerpo se realice en madera policromada a imitación de la piedra, más  liviana y menos costosa. A pesar  de ello transcurrirán mas de diez años hasta ver terminado completamente este retablo, desconocida obra de arte  del barroco español, en enero de 1760.


Para saber más:
La bibliografía de referencia empleada para la realización de esta entrada ha sido el libro “Nuestra Señora de las Angustias y su Hermandad en la Época Moderna” de los profesores Miguel Luis y Juan Jesús López-Guadalupe Muñoz cuya lectura recomendamos.